Abuelito dime tú

«Es hermoso que los padres lleguen a ser amigos de sus hijos, quitándoles todo temor, pero inspirándoles gran respeto».

Heidi es un libro infantil publicado en 1880 por la escritora suiza Johanna Spyri. A pesar de ser una novela escrita hace ya muchos años, la historia relatada es una historia que se sigue repitiendo en muchos lugares del mundo. El relato recibe el nombre del personaje protagonista de la historia, Heidi, una pequeña niña huérfana que vive en los Alpes suizos y que queda a cargo de su gruñón abuelito, quien tras situaciones inconclusas en su corazón demuestra mucha dureza e insensibilidad. En un principio era muy áspero con Heidi y no estaba muy contento con la idea de hacerse cargo de ella tras la muerte de sus padres; pero poco a poco, después de ser partícipe de la nobleza, felicidad, asombro, sencillez e inquietudes de la niña, todo va cambiando hasta que le roba por completo el corazón, tanto así que estuvo dispuesto a negarse a sí mismo y cambiar su forma de ser, de vivir y de percibir el mundo.

La orfandad es más común de lo que parece. Y es que el estado de huérfano no sólo es aplicable a los niños que, por alguna desfortuna como Heidi, perdieron a sus padres biológicos. Si tomamos en cuenta una definición más extensa y abstracta, un huérfano también es aquel niño cuyos padres están ausentes (sin involucrarse en su crianza), muertos espiritualmente o lejos por abandono. El estado de orfandad es más frecuente de lo que nos imaginamos. Y la figura paterna es más importante de lo que se piensa.

Más allá de la presencia física de un padre biológico y del reconocimiento de los niños ante un notario para recibir el apellido paterno, lo que necesitan nuestros niños son padres involucrados en su crianza. Padres que como el abuelito de Heidi estén dispuestos a negarse a sí mismos y ver más allá de lo visible para ayudar a mejorar el futuro de las siguientes generaciones. 

Se requiere una actitud positiva ante la noble labor de educar. Con una actitud negativa, áspera o de resignación, los hijos más que ser acompañados en su educación, crecerán llenos de miedos y se convertirán en una molesta carga que hay que llevar porque no hay otra alternativa. Al principio el abuelito de Heidi no la aceptaba y la vio como una amenaza para su comodidad, era más sencillo estar solo y no tener que pensar en alguien más cuyas necesidades eran tan reales: alimentación, compañía, guianza, educación, etc. Por un momento llegó a creer que su salvación era Pedro, un niño que cuidaba las cabras en la montaña y quien se podría hacer cargo de Heidi para que él no tuviera que lidiar con ella todo el tiempo, pues si algo caracteriza a la pequeña Heidi es hacer muchas preguntas y querer probar y saber todo: necesitaba con urgencia ser acompañada.

A veces como padres podemos quedar abrumados ante la personalidad curiosa y tan llena de energía de nuestros hijos; sin embargo, es algo que debemos aprovechar para conectar con ellos y ser de influencia. Junto con la hermosa oportunidad que Dios nos da al ser padres, nos deja un trabajo de tiempo completo: criarlos conforme a Su voluntad y conducirlos a la verdad de Su Palabra para que experimenten la salvación y la paternidad incorruptible de su Padre eterno. Es nuestra responsabilidad usar cada momento, cada espacio, cada recurso, cada oportunidad para enseñar a nuestros hijos:

«Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Átalas a tus manos como un signo, llévalas en tu frente como una marca y escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades». Deuteronomio 6: 6-9

Dios le ha dado al hombre una unción especial para ejercer la paternidad. Si volteamos a las escrituras, veremos que principalmente a los hombres es a quienes Dios les hacía conocer los llamados, a quienes les daba directamente las promesas para las siguientes generaciones, a quienes les encomendaba dirigir y conducir a las familias según Su voluntad. Les ha dado a los hombres la oportunidad de ejercer un rol sacerdotal para llevar a su familia a crecer en la virtud de Dios.

Y aunque muchas familias como la de nuestra querida Heidi carecen de un padre, sea cual sea la razón, nuestros niños siguen necesitando la presencia de una figura paterna. Si eres abuelo, tío, profesor, primo, pastor, sabrás que como varón tienes algo especial para dar, algo especial por hacer con las futuras generaciones, incluso si aún no has tenido la oportunidad de ser un padre biológico. Pues si has experimentado los brazos de tu Padre del cielo, sin duda podrás ser la extensión de esos brazos para los niños que te rodeen durante tu caminar en la Tierra.

Conectados al Padre Celestial y experimentando Su paternidad, podemos romper con toda raíz de orfandad a través del amor sacrificial que podamos extender a nuestros niños. Ellos verán y vivirán a Dios a través de esos hombres que tienen un corazón de padre (padres y no padres) y que han decidido amar como han sido amados primero.

«El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?». Romanos 8:32

¿Estás listo para ser la extensión de los brazos del Padre?

 

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